Libreros

Marzo 9, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

Bien merecido me lo tengo, para qué negarlo. Mal haría si intentase ocultarlo o, peor aún, fingir ante mí mismo que en todo lo sucedido el primer paso -y quizás decisivo- no fue culpa mía. Pero mía fue y de nadie más. Porque, sépanlo, nadie me obligó a ir a buscar un libro a El Corte Inglés. Al cabo, débil es la condición humana y no estoy hecho, precisamente, de la pasta de los héroes, qué demonios.

El caso es que ayer, al salir del trabajo, tenía que comprar un libro para que mi hijo haga un trabajo escolar. El libro en cuestión es Clara Campoamor la sufragista, obra de Víctor Vilardell Balasch, publicado en 2007 por ediciones El Rompecabezas. Como el autobús que me deja cerca de mi casa tiene también una parada unos pocos metros más adelante, justo enfrente de El Corte Inglés de Gijón, allí me fui a la desesperada. En mi descargo -créanme- está la urgencia de la hora: a punto de cerrar las librerías, renuncié a una búsqueda más sosegada y elegí lo que pensé que era el camino más directo. “Mentira parece, Jaime, que andemos así a estas alturas”, me amonesta severamente esa voz interior que tan muda estuvo ayer, cuando era sazón de hablar.

Entro atropelladamente en el recinto. Luz deslumbradora, temperatura agradable en un día de frío norteño, recreación del paraíso consumista. Personas de rostro distendido y paso relajado, excepto yo. Todo son ofertas, todo son ventajas, no comprar parece que sólo puede ser indicio de estupidez o de pertenecer a una cultura ancestral y primitiva ajena a estos códigos. Me acerco a la librería. Voy directamente a los anaqueles de la sección de literatura infantil y juvenil. Algo de desorden… hay personas que toman los libros, los hojean las más de las veces, los ojean sólo algunas y vuelven a dejar el libro, pero no en el sitio de donde lo tomaron, sino en otro. Simplemente. También parece que no hay personal de El Corte Inglés que corrija estos típicos desajustes del mercadeo. Lástima.

Resuelvo dirigirme directamente a la dependienta. Por su edad, me convenzo de que esa mujer lleva ya algunos años en ese puesto y este detalle nimio me inspira una absurda esperanza, casi certeza, de que voy a tener ese libro en mis manos antes de que pasen dos minutos.

- Dígame, ¿qué desea?

-Verá, busco un libro titulado Clara Campoamor la sufragista, de ediciones El Rompecabezas.

- Sí, un momento -me contesta al tiempo que busca en el ordenador que, por cierto, parece que no lo han renovado desde los tiempos del PC386.

La mujer que me atiende, sin alterar sus facciones -la imaginé de pronto en los casinos, reina del póker-, me dice:

-Humm, humm, no, no lo tenemos… Aquí aparece otro que se titula igual, pero que es de otra editorial.

-No, le respondo. No, me temo que tiene que ser el que le he dicho.

-Pues… en Asturias no lo hay… podríamos pedirlo, pero lo veo difícil, la verdad…

Ahora les ruego que lean en voz alta esa última frase y lo hagan con tono displicente, como si quisieran expresar su hastío y cansancio por que les hayan preguntado por un libro. Algo así como: “¿Por qué no se va de una vez, no ve que no tenemos ese libro y que no lo voy a pedir a la editorial?”.

Más herido por la contestación que preocupado por llegar a casa con las manos vacías y encontrarme con la lógica cara de desilusión de mi hijo, me fui de allí rumiando para mí esa actitud de la empleada -no voy a decir librera, porque no lo es-, ese desorden, esa soberbia de un gran centro comercial que puede permitirse el lujo de perder un cliente en la librería porque a pocos metros se ha ganado dos en la sección de cosmética, bisutería o viajes.

A la salida, tras el golpe del frío de la calle, me quedé pensando en lo importantes que son los libreros y qué pocos quedan. Libreros, no vendedores de libros, creo que entienden el matiz. Porque es verdad que, una vez que el libro sale de la imprenta, antes incluso, ya está preso en un sistema que mira, quizá no sólo, pero sí principalmente, por el beneficio. Razón lleva Neus Arqués cuando dice que para los encargados del márketing de las editoriales, un libro es, a efectos comerciales, igual que un yogur. Pero, vaya, los extremos no son buenos: ni el misticismo de los que reniegan al cien por cien del comercio, ni el pragmatismo de empresas como El Corte Inglés. El mundo del libro exige otras pautas que no deben ser orilladas.

No todo fue malo en esta pequeña quête de mi particular Santo Grial: ayer aún me dio tiempo para, de una carrera que hoy mis músculos me han reprochado todo el día, llegar a una modesta librería de barrio que dista unos trescientos metros del gran centro comercial. Pregunté a la dependienta. Me dijo que lo pediría, me solicitó un número de teléfono y se comprometió a llamarme para informarme de la respuesta del distribuidor. Hoy por la tarde recibí su llamada.

La semana que viene puedo pasar a recogerlo.

 

 


Claves para escribir un buen guión de cine

Marzo 7, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

Claves para la escritura de un buen guión, de Frank Baiz Quevedo

Frank Baiz Quevedo acaba de publicar su último libro sobre cómo escribir un guión de cine. Este profesor de escritura del guión cinematográfico nos ha dado su permiso para que todos los lectores de Escritor de Oficio puedan acceder a la descarga gratuita de Claves para la escritura de un buen guión. Quienes prefieran tenerlo en su biblioteca, pueden comprarlo en papel aquí.


Ayudas a la creación literaria. Año 2010.

Febrero 19, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

El gobierno de Castilla-La Mancha ha publicado una convocatoria para acceder a ayudas para la creación literaria. Aquellos que tengan su residencia fiscal en esa Comunidad Autónoma española, podrán ser beneficiarios de dichas ayudas, cuantificadas en 3.000 € cada una de ellas. El presupuesto destinado para esta actividad asciende a 58.800 €. El plazo para la presentación de solicitudes finaliza el próximo 8 de marzo.


Novela argentina: Espejos de dolor, de José Romano

Febrero 18, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

Espejos de dolor, de José Romano

Un correo del otro lado del Atlántico

Hace unas semanas recibí un correo electrónico de una persona que decía haber escrito una novela que, a pesar del poco tiempo transcurrido desde su publicación (noviembre de 2009), parecía tener agotadas ya todas sus posibilidades de difusión. Lo cierto es que comienzo a recibir un número de correos de ese tipo superior al que mi escaso tiempo o mi mala cabeza me permiten gestionar. No obstante, a todos atiendo y pido a sus autores que me envíen el texto en cuestión para, al menos, dar una opinión fundada sobre él y valorar si puedo ayudar a difundirlo. La persona que firmaba el correo se llama José Romano, argentino, de madre y abuelo españoles. La novela de que me hablaba es su opera prima. No tuve que esperar muchos días a tenerla en mis manos. Su título: Espejos de dolor, publicada con el sello de Editorial El Escriba. Co-edición. Escritor novel, es decir: el perfil que tiene cabida por derecho propio en esta página. Para leerla, aún tuve que esperar a desbloquear la lista de espera de algunos textos y compromisos adquiridos con anterioridad. Pero el día llegó. Abrí el libro y comencé a leer:

“Era domingo, corría el otoño de 2006 y hacía ya un rato que Banfield le había ganado de visitante el clásico a Lanús. La noche había caído sobre Buenos Aires y Antonio Ricciardi, reconocido escritor, se encontraba meditando en el escritorio de su casa de Villa Urquiza, en la que vivía desde 1983. Recién acababa de terminar con la lectura de un texto que le habían enviado. Lo había llevado a leerlo la referencia del mail, Sr. Antonio Ricciardi: Novela para ser leída únicamente el día señalado, de V. Múgica, según constaba en la firma.”

En ese párrafo me vi parcialmente reflejado, al menos la situación que estaba viviendo: yo también había recibido un mail y una novela. Pero seguí leyendo y comprobé que era la única coincidencia, el único espejo. El resto de espejos, el resto de la peripecia vivida por Antonio Ricciardi y su familia es muy peculiar, y dolorosa. Ese es uno de los fines de la literatura: permitir conocer experiencias que no se dan en la vida del lector. Es el bagaje que enriquece y la razón por la que la lectura es tan importante.

Nunca más

La historia desarrollada en Espejos de dolor trata las consecuencias de una bomba de efecto retardado, programada hace treinta años, que explota en el ahora de la narración. Los antecedentes están en los crímenes de la dictadura de finales de los setenta. Los hechos que sacudieron la Argentina están recogidos en el monumental Informe Sábato:

Uno de los capítulos más aberrantes es el robo de bebés, cuyos padres fueron torturados y asesinados o hechos desaparecer. Y ése es el episodio que va a desencadenar el drama de esta novela en la que José Romano propondrá una solución de una admirable altura ética. Desconozco cómo se vive en la Argentina, treinta años después, lo vivido durante aquellos años de horror. Aquí en España, la Ley de Memoria Histórica, gracias a la cual muchas personas tienen la ocasión de poder enterrar a sus padres o abuelos asesinados por los golpistas y enterrados en fosas comunes, ha tenido y tiene un importante rechazo por una parte considerable de la sociedad española. (Hablando de España, parte de la novela se desarrolla en el municipio madrileño de Morata de Tajuña. Esa referencia geográfica tiene su explicación en el hecho de que el abuelo de José Romano, Ángel Pérez Zubizarreta, fue alcalde de esa localidad durante la República española. A causa del golpe de Estado de Franco, tanto el abuelo como la madre del autor, M.ª del Pilar Pérez García, tuvieron que exiliarse y sufrir las duras consecuencias de su nueva vida.)

Sea cual sea el modo en que los argentinos acojan esta novela, lo cierto es que lo de menos es que esté situada en un lugar geográfico determinado y en un tiempo histórico concreto, porque Espejos de dolor muestra cómo puede reaccionar el ser humano ante situaciones desgarradoras y dolorosas sin perder la dignidad ni romper su vida. Ese es el gran valor de esta novela.

El Imperio narrativo

Novela, pero que bien podía haber sido desarrollada como una obra de teatro. No es la primera vez que veo este fenómeno: obras literarias que encajan perfectamente en el género dramático, son vestidas con el ropaje narrativo que la realidad editorial casi impone. En Espejos de dolor, el diálogo entre personajes es la parte más importante y extensa del discurso; casi toda la acción discurre en espacios cerrados (interiores de casas); hay elementos claramente teatrales como la anagnórisis; la presencia de una medalla y una fotografía tienen una fuerte carga sígnica y una gran influencia en el reconocimiento de identidades… Pero hoy el teatro no es aceptado por casi ningún editor: es más vendible la narración. Esperemos que esto cambie. Entretanto, una buena solución intermedia puede ser la adaptación de esta novela al cine. Los guionistas y los productores tienen aquí una buena oportunidad. Quizá les interese saber que a José Romano no le ata ningún compromiso con ninguna editorial.

La literatura argentina goza de buena salud. Les recomiendo que se acerquen a esta novela, casi novela dialogada. De lectura fácil, pero de hondo contenido, cuando la lean no podrán evitar pensar en cómo es posible que los seres humanos podamos hacernos tanto daño y cómo, a pesar de ello, es posible reconstruir la vida.

Consiga gratis el primer capítulo:

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Bienvenidos al Norte – La Butaca de Pabela

Febrero 16, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »


Soledad Siglo XXI: María Ripoll Cera

Febrero 15, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

La soledad

©María Ripoll Cera

Una red electrónica nos mantiene conectados y acompañados, salvando distancias de todo tipo. Es más fácil que nunca acercarse a los otros. Nos unen opiniones similares, proyectos en común, agradecimientos sinceros.

Compartimos noticias por la mañana, enlaces, debates. A mediodía el ambiente es más relajado, concentramos la atención multitarea en hincar el diente a un bocadillo. Por la tarde nuevos descubrimientos, nos repetimos, quizás, comentamos, mientras los niños llegan del colegio y la canguro les da de merendar.

La conversación de la víspera, hacia última hora, se vuelve abstraída. El cansancio mengua la actividad y es el pensamiento quien impera. Es la hora de la cena, estamos platicando. No importa. Hay sopas variadas en la despensa.

Las noticias en pantalla, reunidos en la mesa, atrapan toda nuestra atención. Los niños nos dan un beso de buenas noches y se van a la cama.

Al anochecer los peculiares colonizan la red. Los que se activan a media tarde y hacen de la noche su reino. Departir con ellos es liberar las neuronas creativas. Ya es tarde. Apago el ordenador y me voy a la cama.

Pere ya duerme. Le habrá ido bien el día.


Buena vida (delivery) – La Butaca de Pabela

Febrero 9, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »


Javier Farto: La campanilla y otros relatos

Febrero 5, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

Javier Farto Graña es un joven escritor cuyo primer libro, titulado La campanilla y otros relatos, ha sido publicado por la editorial La Fragua del Trovador. Javier nos habla en este vídeo de su literatura. Su experiencia te puede resultar útil si también escribes y aún no has publicado.


Soledad Siglo XXI: Javier Farto Graña

Febrero 1, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

La soledad y la carencia de pasión

©Javier Farto Graña

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Consultando el diccionario de la RAE, encontramos que el término soledad tiene múltiples acepciones, varias de ellas musicales. A saber:

  • Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
  • Lugar desierto, o tierra no habitada.
  • Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Excluyamos la tercera, más relacionada con el amor o con la familia, con la pérdida. Las dos primeras nos remiten a la falta de compañía y a lugares enormes y vastos. Es necesaria la conciencia de una falta, de un gran espacio vacío, que en este caso no estaría habitado por alguien que nosotros hubiésemos conocido (hasta el punto en que es posible este conocimiento), sino por una persona o un grupo exclusivamente ideal, incorpóreo.

Una persona no deja de ser una dialéctica, un constante diálogo consigo misma; la búsqueda de un cierto equilibrio entre ser y deber; entre lo racional y lo irracional; la aceptación de ciertos aspectos de nosotros mismos, el afán de mejora en otros (nadie lo contempla mejor que D. H. Lawrence al que Aldous Huxley admiraba por su aceptación e integración de lo dionisíaco, en un sentido nietzscheano). En esa dialéctica, la persona dialoga con conceptos, con temas que la apasionan, con la historia, con un montón de elementos diferentes; consigo misma y, cómo no, con otras personas.

En las ciencias humanas, los avances suelen ser tortuosos, lentos, inseguros, dudosos. En las ciencias técnicas, aunque con muchos matices, son mucho más rápidos, seguros. El avance tecnológico ha reducido la soledad obligada por motivos puramente geográficos, pero ¡ay! ese es sólo alguno de los motivos.

Un ornitólogo, un botánico apasionado, seguramente ninguno de los dos estará tan sólo en un bosque como un profano. Yo, en una biblioteca, lo estoy mucho menos que otros, al igual que un geólogo en determinados páramos. Para estos especialistas en su ambiente, la soledad acucia sólo cuando necesitan lo social, porque el hombre es un ser social por naturaleza. La soledad completa no está hecha para nosotros.

Pero el que la gente te rodee no te garantiza no estar solo. Es más, puede aumentar la sensación. Se necesita que esa gente comparta parte de tus estructuras mentales. Por eso la tecnología, como medio que facilita acercarse a otros, sólo ayudará en parte a evitar la soledad. ¿Qué ocurre con esos otros si no tienen nada que decirnos? ¿Qué pasa si somos nosotros los que no tenemos nada que decirles?

Los individuos sin pasiones excepcionales, o pasiones no descubiertas, o rechazadas en aras de lo pragmático, siempre tendrán los sucesos cotidianos para hablar, para excluir la soledad. Los individuos con grandes pasiones, y especializados en ella, esos (no sé si raras avis) que conjugan en un tema amor y conocimiento estarán ahitos de gente en más ocasiones, pero ¡ay! cuando conozcan a alguien que comparta su pasión. Un amor. La tecnología también puede ayudar a que se descubran.

Y la tecnología de la sociedad actual también tiene otro punto de vista. Marshall McLuhan manifestó que “el medio es el mensaje”, es decir que es imposible aislar completamente contenido de continente, forma y fondo (si nos queremos ir a lo literario: la separación entre contenido y estilo es una falacia). Quizá sea imposible hablar de experiencias altamente cotidianas en la red, quizá estén reservadas para otras cosas, entre ellas el puro amor por la tecnología y ahí se percibe claramente cómo el medio y el fin se identifican: pensemos en un foro de adictos al software, a linux.

Pero no todo son ventajas. El tiempo es un bien escaso. Muchos de los jóvenes de hoy, antaño llamados jasp (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados), forman parte de la generación llamada mileurista. Están altamente preparados y buscan prepararse más, formarse más. Se (nos) convertimos en traperos del tiempo (siempre peleando por unos minutitos). Nos especializamos y en lo demás procuramos obtenerlo todo lo más rápido, lo más fácilmente posible. La Red y los tiempos promueven eso. No es tan malo en sí (aparte de inevitable), salvo: ¿qué ocurre cuando no hay pasión en ese objeto/materia en la que te especializas? Creo que la respuesta es una soledad bastante inquietante, la soledad de una especialización sin pasión. La soledad del siglo XXI.


Soledad Siglo XXI: Ana María Vázquez

Enero 31, 2010Jaime Gonzalo Cordero No Comments »

Ana María Vázquez

La soledad

©Ana María Vázquez

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La soledad es un monstruo que te atrapa, te sumerge entre teclas y botones buscando una calidez inexistente, a través de la cual intentamos hacer nuestro propio “mundo feliz”, inmersos en nuestra burbuja.

El ser humano está tristemente acostumbrado a la soledad acompañado de máquinas que lo acercan a otras máquinas, máquinas conectadas a humanos por una red invisible, cercana y lejana.

Así, el hombre se limita a mirar al hombre a través de una pantalla, se acaban los abrazos, los saludos fraternales, la comunicación epistolar; las charlas de café son sustituidas por el chat y en esta cercana lejanía, el hombre, cada vez más solitario, hace el amor por internet.