Soledad Siglo XXI: Javier Farto Graña
La soledad y la carencia de pasión
©Javier Farto Graña
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Consultando el diccionario de la RAE, encontramos que el término soledad tiene múltiples acepciones, varias de ellas musicales. A saber:
- Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
- Lugar desierto, o tierra no habitada.
- Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.
Excluyamos la tercera, más relacionada con el amor o con la familia, con la pérdida. Las dos primeras nos remiten a la falta de compañía y a lugares enormes y vastos. Es necesaria la conciencia de una falta, de un gran espacio vacío, que en este caso no estaría habitado por alguien que nosotros hubiésemos conocido (hasta el punto en que es posible este conocimiento), sino por una persona o un grupo exclusivamente ideal, incorpóreo.
Una persona no deja de ser una dialéctica, un constante diálogo consigo misma; la búsqueda de un cierto equilibrio entre ser y deber; entre lo racional y lo irracional; la aceptación de ciertos aspectos de nosotros mismos, el afán de mejora en otros (nadie lo contempla mejor que D. H. Lawrence al que Aldous Huxley admiraba por su aceptación e integración de lo dionisíaco, en un sentido nietzscheano). En esa dialéctica, la persona dialoga con conceptos, con temas que la apasionan, con la historia, con un montón de elementos diferentes; consigo misma y, cómo no, con otras personas.
En las ciencias humanas, los avances suelen ser tortuosos, lentos, inseguros, dudosos. En las ciencias técnicas, aunque con muchos matices, son mucho más rápidos, seguros. El avance tecnológico ha reducido la soledad obligada por motivos puramente geográficos, pero ¡ay! ese es sólo alguno de los motivos.
Un ornitólogo, un botánico apasionado, seguramente ninguno de los dos estará tan sólo en un bosque como un profano. Yo, en una biblioteca, lo estoy mucho menos que otros, al igual que un geólogo en determinados páramos. Para estos especialistas en su ambiente, la soledad acucia sólo cuando necesitan lo social, porque el hombre es un ser social por naturaleza. La soledad completa no está hecha para nosotros.
Pero el que la gente te rodee no te garantiza no estar solo. Es más, puede aumentar la sensación. Se necesita que esa gente comparta parte de tus estructuras mentales. Por eso la tecnología, como medio que facilita acercarse a otros, sólo ayudará en parte a evitar la soledad. ¿Qué ocurre con esos otros si no tienen nada que decirnos? ¿Qué pasa si somos nosotros los que no tenemos nada que decirles?
Los individuos sin pasiones excepcionales, o pasiones no descubiertas, o rechazadas en aras de lo pragmático, siempre tendrán los sucesos cotidianos para hablar, para excluir la soledad. Los individuos con grandes pasiones, y especializados en ella, esos (no sé si raras avis) que conjugan en un tema amor y conocimiento estarán ahitos de gente en más ocasiones, pero ¡ay! cuando conozcan a alguien que comparta su pasión. Un amor. La tecnología también puede ayudar a que se descubran.
Y la tecnología de la sociedad actual también tiene otro punto de vista. Marshall McLuhan manifestó que “el medio es el mensaje”, es decir que es imposible aislar completamente contenido de continente, forma y fondo (si nos queremos ir a lo literario: la separación entre contenido y estilo es una falacia). Quizá sea imposible hablar de experiencias altamente cotidianas en la red, quizá estén reservadas para otras cosas, entre ellas el puro amor por la tecnología y ahí se percibe claramente cómo el medio y el fin se identifican: pensemos en un foro de adictos al software, a linux.
Pero no todo son ventajas. El tiempo es un bien escaso. Muchos de los jóvenes de hoy, antaño llamados jasp (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados), forman parte de la generación llamada mileurista. Están altamente preparados y buscan prepararse más, formarse más. Se (nos) convertimos en traperos del tiempo (siempre peleando por unos minutitos). Nos especializamos y en lo demás procuramos obtenerlo todo lo más rápido, lo más fácilmente posible. La Red y los tiempos promueven eso. No es tan malo en sí (aparte de inevitable), salvo: ¿qué ocurre cuando no hay pasión en ese objeto/materia en la que te especializas? Creo que la respuesta es una soledad bastante inquietante, la soledad de una especialización sin pasión. La soledad del siglo XXI.



