COJONES DUROS
Quienes siguen con cierta asiduidad este blog saben que el tono de lo que en él se escribe se aleja bastante del que parece denotar el título del post de hoy. Comprendo, pues, la sorpresa que ha podido causar: no soy yo, precisamente, defensor de la estrategia de épater le bourgeois. Pero la sorpresa se transformará en absoluta desorientación si, además, afirmo que hoy voy a hablar de poesía, de la que nada he dicho, prácticamente, desde que a finales de diciembre de 2008 inauguré este blog como paso previo a la aparición de www.escritordeoficio.com.
Si se lee poco -como muchos afirman-, en lo tocante a la poesía el número de lectores es aún menor. Y lo que es peor, pocos saben leer poesía. Cuántas personas que tienen el arranque de abrir un libro de poemas lo leen como si se tratase de un relato. Me explico: leen el primer poema, pasan la página; leen el segundo poema, posan su mirada sobre la página siguiente; leen el tercer poema, etcétera. La poesía es lenguaje condensado que exige reflexión, detenimiento, volver al primer verso, a aquella palabra del primer verso, encontrar la conexión con el resto de palabras del mismo verso, de la misma estrofa. No, no parece que los hábitos lectores del imperio narrativo ayuden a las personas al sosiego y la paciencia y la insistencia que exige la buena lectura de un poema. Eso por lo que respecta al lector. Pero algo habrá que decir del poeta.
Poetas, pocos. No es fácil escribir un poema tocado por la poesía. Es necesario, casi imperativo, poseer un extraordinario sentido del lenguaje que haga posible ensancharlo y conquistar nuevos territorios de significados hasta ese momento sólo intuidos, pero no conocidos. Cuando un poeta consigue expresar con las palabras comunes a todos realidades nunca antes materializadas en lenguaje verbal, entonces hay poesía y placer estético.
Por otra parte, no hay poetas famosos. Ni siquiera los más premiados, los más reconocidos por la crítica son conocidos por el gran público. Sólo quien esté muy atento a la realidad literaria en lengua española sabrá quién es Carlos Marzal. De él es el poema cuyo título sirve para nombrar de manera tan contundente este post. En ese poema reflexiona sobre la tarea del poeta. Quizá su lectura ayude a alguien en su callada labor de crear poesía:
No bastan las veleidades, las furias y los sueños;
se necesita algo más: cojones duros.
C.P.
El extraño artilugio de un poema
es una imperturbable realidad
que soporta flemática, sin daño,
cualquier definición.
Es una joya
que resplandece en sus palabras justas,
las ágatas pulidas de una lengua.
Un silogismo para concebir
el hecho inconcebible de estar vivo.
Un camarada fiel que cobijamos
y en la noche del alma nos cobija.
Una semicorchea en el concierto
que interpretan los astros infinitos.
Y es una forma rara de aventura
que nos conduce hasta un país insólito:
esa estepa glacial de la emoción.
Para viajar allí, donde el poema,
un escritor requiere algunos víveres:
cierto devoto amor por los difuntos,
cierto olfato verbal, cierto talento,
cierta ebanistería del oficio,
cierto sabe dios qué de inexplicable.
Y en especial tener cojones duros,
para no sentir miedo de perderse,
para el delirio de apostar con fe,
para adentrarse solo en tierra extraña,
para el forzoso puerto del fracaso.
Una fuerza moral.
Consiste en eso:
una fuerza moral contra el destino.
(Del libro Metales pesados, Tusquets editores, 2ª edición, 2002)



