Los “heditores” y la prima de Luisgé Martín

Hace pocos días, en el diario El País, apareció un artículo firmado por Luisgé Martín con el título ¡Mueran los “heditores”! Les ruego que hagan el esfuerzo de leerlo antes de volver aquí y hacer otro esfuerzo más para leer lo que voy a escribir. Tengo algo que decirles acerca de dicho texto.

¿Ya lo han leído? Bien, puede que estén experimentando en este momento la misma sensación que me invadió a mí tras su lectura: ese amargo sabor de alma al averiguar que los cambios que se avecinan en el negocio editorial y que yo tenía por buenos, parece que son el anuncio del fin del mundo y que uno, por haber aplaudido tales cambios, se siente en parte responsable de semejante catástrofe. Pero esa fue la primera impresión. Después, con más sosiego, fui desmenuzando un poco el texto y traté de acercarme a él teniendo en cuenta lo que es: un acto de comunicación escrita, en el que importa tanto lo que se dice, como lo que se da por supuesto, lo que se oculta,  quién es quién en este acto verbal y las intenciones que mueven al autor a escribir este artículo. Intentaré explicarme.

El crédito del texto nace herido de muerte al acudir su autor a una falacia argumental: la de trasladar al mundo de la industria del libro, en la que sólo funcionan las leyes del mercado, una comparación entre dos categorías pertenecientes de manera exclusiva a la política: democracia vs. oclocracia. Ambos modos de relación del individuo con el poder tienen significado sólo cuando consideramos eso: al individuo y al poder, y al modo en que se relacionan. Pero incluso en el caso de que cometiésemos el error de admitir esa comparación y aplicarla al negocio editorial, nos veríamos inmersos en el enredo de intentar localizar, en el caso de la democracia, qué acontecimiento haría las veces de comicios legislativos, qué serían y dónde estarían ubicadas las urnas, quiénes tendrían la condición de electores y quiénes la de elegidos. Y lo que es peor: en el caso de la oclocracia habría que determinar quién o quiénes componen la muchedumbre o plebe o, por mejor decir, quién o quiénes no están en ella. Porque, ¿se puede a estas alturas de la Historia seguir analizando los acontecimientos políticos mediante el uso de categorías creadas en la antigüedad griega, pasando por alto lo sucedido en Francia en 1789, la declaración universal de los derechos humanos y las actuales constituciones de las democracias occidentales? ¿Importa hoy la clase social a los solos efectos del acceso a la cultura, a los libros, a la alfabetización? ¿No hemos llegado, después de mucha sangre, a un statu quo en el que precisamente la discriminación social queda, aunque sólo sea sobre el papel, abolida y nadie puede ni debe quedar excluído de la alfabetización y de la cultura? Pues parece que no, a tenor de lo escrito por Luisgé Martín, para el que estamos en pleno gobierno perverso de la plebe, sin que quede muy claro quién la compone, con la amenaza que todo esto supone para la cultura. Pero todos sabemos que Internet no garantiza la democratización ni la oclocratización de nada ni de nadie: sencillamente, Internet es un recurso tecnológico, no un sistema político.

No es cierto que se proponga la desaparición del editor, como afirma el autor del desafortunado artículo. Lo que puede suceder -lo que está sucediendo (léase Google, Amazon…)- es que cambie el modelo de negocio de la industria editorial. Lo que no puede faltar jamás es la labor de edición, pero puede que cambien quienes la lleven a cabo. Google puede ser editor, Leer-e puede ser editor y yo puedo ser editor de mí mismo. ¿Apocalipsis?

Un poco más adelante, acude Luisgé Martín de nuevo a un recurso ilegítimo desde el punto de vista argumentativo: la comparación entre Saramago y la prima -ficticia, suponemos- del autor, casi analfabeta -para vergüenza de quienes no lo somos, que deberíamos evitar que esa mujer siga siendo así. Si la tal Paqui es casi analfabeta, no tenga miedo Luisgé Martín de que le coma espacio editorial ni de que vaya a competir con él en los anaqueles de las librerías o en las páginas web de las editoriales. Un casi analfabeto difícilmente podrá enfrentarse a una página en blanco y terminar un manuscrito. ¿Pretende decir Luisgé Martín que el negocio editorial y la cultura están en peligro por las personas casi analfabetas? ¿No serán ellas, su acceso a la cultura y su desarrollo intelectual como seres humanos los que están en peligro desde hace tiempo, entre otras cosas por el tipo de literatura triunfante que impone el modelo tradicional del negocio editorial? Hemos de recordarle al articulista que Saramago estudió algunos años en el colegio con libros de texto gratuitos y que no pudo terminar sus estudios porque sus padres no pudieron pagarle la escuela, lo que le obligó a trabajar a una edad muy temprana. Creo que José Saramago jamás hubiese escrito tan irónicamente -tan despectivamente- de la prima Paqui.

Si lo que pretendía decir el autor del artículo es que la presencia de las editoriales del modelo tradicional es garantía de que no hay faltas ortográficas, no debería afirmarlo tan tajantemente. Me he levantado del asiento, he ido a un estante de mi biblioteca y he cogido al azar el primer libro que he visto de una editorial de las de siempre, uno de esos sellos de calidad que depuran los textos. Se trata de Las horas completas, del escritor leonés y miembro de la Real Academia Española de la Lengua, Luis Mateo Díez. Tengo la mala costumbre de anotar las erratas y las faltas de ortografía en todos los libros que compro y que leo. Hojeo y ojeo el libro y descubro esto en la página 32: “A lo mejor les gustaría saber lo que soñe -dijo, volviendo el rostro hacia atrás” (la cursiva es mía.) Debería decir: “soñé”. En la página 38 nos encontramos con lo siguiente: “Observó de resfilón el barbado rostro…” (la cursiva en mía). Debería decir: “refilón”. Más adelante, en la misma novela, en la página 67, se puede leer: “-Voy a vender la moto y Aurita espeñará la cubertería de la abuela” (la cursiva es mía). Debería decir: “empeñará”. En la página 139, podemos leer: “Estre ellas Balbina, que voy a nombrarla…” (la cursiva, otra vez, es mía). Debería decir: “Entre”. Es una novela editada y publicada por Alfaguara, año 1990, cuando Internet no era una amenaza. Etcétera.

Pero el texto no abandona ese camino falaz, sino que se reafirma en él. Habla de los editores, de su labor, que yo considero necesaria e irrenunciable, pero lo hace metiéndolos a todos en el mismo saco. Nombra a los principales, a los más visibles en las librerías: Anagrama, Seix Barral, Alfaguara, Tusquets; pero también se refiere a los muchos editores que Luisgé Martín ha conocido y que sólo podían aspirar a llegar a fin de año. No estoy muy seguro de que a  Grup Lobher Editorial, Legados Ediciones, Ediciones Irreverentes o Pintar-Pintar, por citar sólo unas pocas editoriales pequeñas, les hiciera gracia que en un artículo del todopoderoso El País apareciesen en el mismo grupo que las grandes editoriales que tanto pan les quitan. Los problemas y las amenazas de unos no son los de los otros, desde luego. ¿Qué pasará con esos editores cuya principal preocupación es llegar a fin de año, que han optado por tener presencia en Internet, cuando Planeta, Random House Mondadori y Santillana infecten la Red con la digitalización de alrededor de seis mil títulos de sus catálogos el próximo mes de abril, como han anunciado?

Lamenta Luisgé Martín que el destino de los escritores sea el de tener que ser empresarios de sí mismos y de luchar por la visibilidad de sus obras. Y cita, de nuevo echando mano de un argumento falaz, a Kafka, a Dostoievsky y a Scott Fritzgerald, a los que no es capaz de ver en “esas lides” de tener que promocionar sus propias obras. Que le pregunte a Neus Arqués sobre su peripecia con Un hombre de pago. Añado yo que cuando ellos publicaron, el negocio editorial no era como es ahora y que con Internet o sin ella pocos, muy pocos editores publicarían sus libros en el caso de que los tres escritores citados fuesen unos desconocidos.

Dice Luisgé Martín que “sin llegar al tópico romántico”, pero cayendo de lleno en él, los escritores son o suelen ser unos inadaptados, neuróticos e incapacitados para las cosas terrenales. ¿Es el caso del propio Luisgé Martín, autor de varias novelas? Se lamenta de que los escritores tengan que ser, por mor del nuevo modo de hacer que impondrá Internet, especialistas en marketing, saber hacer páginas web, dedicar tiempo a infectar viralmente la Red con sus textos, preparar performances y tener algo de dinero para la inversión informática. ¿Está hablando en serio? ¿De verdad no sabe que hay plataformas que permiten la presencia en Internet de manera totalmente gratuita? ¿Conoce Wordpress, Blogger, Typepad? ¿No sabe que puede crearse un blog con coste cero en dichas plataformas, que podemos publicar nuestros vídeos caseros en YouTube y en otras plataformas similares también sin gastar un euro, que podemos “infectar viralmente” la Red gracias a nuestra presencia en las redes sociales que, hasta la fecha, son gratuitas, etc., etc.? ¿Inversión en informática? Y en lo referente a las performances: ¿acaso no ha soportado el propio Saramago todos los eventos y actos públicos asociados a la aparición de todas y cada una de sus novelas, sobre todo después de la concesión del premio Nobel, sin que por ello haya abandonado la escritura?

Les decía al principio que para analizar este texto -y cualquier otro- debemos considerarlo siempre como un acto de comunicación verbal, es decir, un acto social, y que importa tanto lo que se dice, como la condición social de quienes hablan o son dueños del canal de comunicación por el que se difunde el mensaje. El País es uno de los diarios más importantes de la prensa en español. Es propiedad del Grupo Prisa, un emporio empresarial dedicado a la educación, la información y el entretenimiento. Subrayo su condición de grupo empresarial y no de ONG, porque lo más importante para sus accionistas es el beneficio económico: sin beneficio, no hay negocio, y menos en la tesitura económica española actual. El espacio de las páginas de El País cuesta mucho dinero. La columna que ha ocupado Luisgé Martín con su artículo no creo que escape a esta realidad y me temo que también cuesta mucho dinero, así que de la utilización del espacio que ocupa el artículo un accionista de Prisa puede esperar un determinado retorno de la inversión. El Grupo Prisa es dueño, además de El País, de la editorial Alfaguara. Luisgé Martín firma como escritor y sus novelas han sido publicadas por Alfaguara. Parece que todo queda en casa. Pero hay algo más que no se ha dicho en el artículo: Luisgé Martín no sólo es escritor. Es también, aparte de licenciado en Filología Hispánica, Máster en Gerencia de Empresas. ¿Por qué, me pregunto yo, un escritor no va a tener conocimientos de marketing, como es el caso de Luisgé Martín?

Por último, un dato más, que quizá no signifique nada o quizá sí: Luisgé Martín ha trabajado de editor en Ediciones del Prado, empresa que quebró hace unos meses. ¿Ha escrito Luisgé Martín en su condición de escritor, en la de gerente de empresas o en la de editor? Creo que se lo preguntaré a Paqui, con lo que le gusta a ella contar historias…


7 Comments to “Los “heditores” y la prima de Luisgé Martín”

  1. Brillante artículo, Jaime, y mordaz; se te nota enfadado. No en balde el artículo pregona todo lo contrario a la labor que estás realizando con tesón desde tu blog, buscando noticias, declaraciones, colaboradores y alternativas nuevas para los nuevos escritores. Al nuevo escritor, como al nuevo lector o, mejor dicho, al lector de nuevos escritores, hay que “educarlo” en los modos de la nueva etapa a la que se abre el mundo (no sólo la literatura) literario. También comentar que hay libros editados en papel que son una verdadera basura, y otros que no lo son, pero que para nada son ejemplo de buena praxis profesional en cuanto a edición, ya que están llenos de faltas de ortografía que “suponemos” errores al teclear, y enormes gazapos gramaticales que han escapado a la vista de un corrector no demasiado motivado, eso cuando no hay capítulos repetidos u otros inexistentes, papel mal guillotinado, encuadernaciones deficientes, etc. En definitiva, que papel no es sinónimo de calidad (y no hablo de contenidos, que ese es otro debate). A mí me gusta el papel, pero no es, ni de lejos, la panacea de la literatura.

    Un saludo.

  2. Zeta Sauce dice:

    Sí, realmente creo que intentas ser objetivo, al contrario que Luisgé. Internet es un mundo de posibilidades y creo que a muchos/as les asusta la pérdida de dinero que puede suponer cambiar de un medio a otro. Es cierto, no obstante, que si no se hace este cambio cuidadosamente puede ser que acabe habiendo algún anuncio loco de refrescos entre las páginas (virtuales) de un libro ¿no crees? Claro que, siempre hay publicidad de por medio… Veremos cómo evoluciona el tema. Yo por mi parte sigo diseccionando la red en busca de buenas historias (como si por leer las cosas en internet fuera a rebajar mi criterio de selección; a eso sí que le llamo yo una buena chorrada por parte del escritorzuelo éste).
    Saludos y un placer encontrar tu blog :)

  3. Jorge dice:

    Totalmente de acuerdo.Un poco peor escrito que tú, pero mantengo lo dicho en otros foros.
    Soy un pequeño editor que creo en los nuevos modelos de negocio, y el digital lo será.

  4. Zeta Sauce, gracias por pasarte por aquí y por participar con tu lectura y tu comentario. Hombre, no sé si soy objetivo y no sé si eso es posible, incluso cuando se pretende serlo, pero, al menos, he intentado ser riguroso y corregir algunas afirmaciones que, según yo lo veo, no se corresponden con la experiencia que tengo como lector también de sellos editoriales como los que cita Luisgé Martín.
    Por cierto, quisiera decir que desconozco su calidad como novelista, porque no he leído aún ninguna de sus novelas, aunque lo haré porque tengo curiosidad por conocer un poco mejor su faceta de escritor. Por lo tanto, no puedo seguirte cuando dices de él que es un “escritorzuelo”. Creo que ha estado desafortunado en este artículo, pero merece -como merecen todos- el beneficio de la duda y, por mi parte, no voy a juzgarlo antes de conocerlo mejor.
    Gracias de nuevo por tu comentario. Me paso por tu blog y veré tus recomendaciones literarias.

  5. Jorge, también te agradezco tu visita y comentario. He visto la página web de tu editorial, Sirius (http://www.equiposirius.com), que ya lleva 20 años funcionando y, además, ya ofrecéis libros electrónicos. El movimiento se demuestra andando. Tu experiencia como editor es más elocuente que mi artículo. Un saludo.

  6. Paula dice:

    Interesante artículo, Jaime. Siempre intento, por motivos de justicia, analizar de forma aislada todo aquello que leo o que me cuentan, con independencia de quién lo comunique o qué motivaciones tenga. En el caso de Luisgé Martín, me parece que sus vaticinios sobre el futuro de la cultura pecan de catastrofistas. Nunca he sido partidaria de los extremos. Según lo que este hombre nos expone, y para preservar el patrimonio cultural de la lengua, habría –entiendo- que prohibir también los sms entre móviles y los emails particulares o, al menos, instalarles un corrector ortográfico obligatorio. Y no hablemos ya de los errores y las incorrecciones lingüísticas que a menudo cometen quienes, supuestamente, no deberían. ¿O no hemos comenzado a utilizar la palabra tsunami como sinónimo de maremoto gracias a los “cultos” medios de comunicación?

    Un abrazo.

  7. Valdemar dice:

    Se ve que don Luisge y tipos como él son los que deben decidir quién es quién, que para eso son ellos. ¿Tanto miedo tiene de su prima Paqui?

    En cuanto a las editoriales pequeñas, como las que nombras, suelen hacer las mismas artimañas que las mayores. Tampoco son de fiar.

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