Un regalo: La contemplación
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La última novela de Edgar Borges se titula La contemplación, editada por Grup Lobher. En mi opinión, es difícil encontrar actualmente propuestas literarias que mejoren la que nos presenta Edgar. Como me gusta compartir lo bueno, hoy voy a regalar un ejemplar de la novela a cada una de las dos primeras personas que, mediante un comentario a esta entrada del blog, respondan correctamente a las siguientes preguntas. Todas ellas tienen relación con el tema de la contemplación, de la observación del mundo o de uno mismo:
1. ¿Quién escribió estos versos?
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte
tan callando.
2. ¿Quién es el autor de estos versos, que son parte de un soneto escrito en el siglo XVI?
Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por do me han traído,
hallo, según por do anduve, perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;
3. Diga el nombre del filósofo español que escribió una serie de artículos, publicados bajo el título de El Espectador, del que extraigo las siguientes palabras:
[...] la realidad no puede ser mirada sino desde el punto de vista que cada cual ocupa, fatalmente, en el universo. Aquélla y éste son correlativos, y como no se puede inventar la realidad, tampoco puede fingirse el punto de vista.
4. Escriba dos sinónimos del verbo contemplar.
5. De las obras anteriores de Edgar Borges, ¿cuál fue publicada también con el sello de Grup Lobher?
¿Difícil? No lo creo, pero, si fuese así, el premio bien merece el esfuerzo.
Jaime Gonzalo Cordero @ Abril 28, 2010
Convocatoria de casting
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He recibido en la red social Militeraturas el siguiente mensaje de Sonia Silvero que transmito a todos los interesados:
“Hola, qué tal, soy Sonia Silvero, productora del piloto de una serie y guionista. A los interesados en participar, enviar CV con fotos a soniasilvero@hotmail.com y se les avisará para presentarse al casting. Es un proyecto coproducido por Argentina – Perú – México. El plazo es del 12 al 18 de Abril del corriente año.
Actores:
Chicas con apariencia de 16 a 17 años
Hombres de 25 a 40 años
El casting se realizará en Lima, Perú
Jaime Gonzalo Cordero @ Abril 11, 2010
Análisis del film, de Frank Baiz Quevedo
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El profesor Frank Baiz Quevedo ha publicado un nuevo libro que profundiza aún más en el conocimiento del lenguaje cinematográfico. Se titula Análisis del film. Quien quiera comprarlo en papel o en formato epub para su lector de libros electrónicos puede hacerlo aquí, pero si antes de hacerlo prefiere leerlo en la pantalla del ordenador, puede descargarlo pinchando aquí. Una vez más quiero agradecer a Frank Baiz su amabilidad por permitir la descarga gratuita de sus libros en formato pdf.
Jaime Gonzalo Cordero @ Abril 4, 2010
Legados Ediciones busca textos antes del 15 de abril
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Legados Ediciones está difundiendo por Internet el siguiente anuncio. Lo reproduzco aquí por si hay algún interesado:
“Queridos amigos:
Estamos buscando TESIS, ENSAYOS o ESTUDIOS inéditos sobre los siguientes autores y sus obras:
- José LEZAMA LIMA.
- Luis ROSALES.
- Gonzalo TORRENTE BALLESTER y
- Gabriel CELAYA.
NO buscamos otros autores.
NO buscamos artículos.
Buscamos un mínimo de 120 páginas en Word.
Plazo límite: hasta el 15 de ABRIL.
Interesados escribir SÓLO a: tesis@legadosediciones.com
Muchas gracias.”
Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 31, 2010
Misterios de la vida
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Reproduzco aquí un texto de la escritora Paula Pérez Ortiz, publicado en su blog Un tiempo, un lugar, que recomiendo que sea visitado con asiduidad. Quien así lo haga puede encontrarse relatos como el que sigue a continuación:
Misterios de mi vida: misterio número 2
Paula Pérez Ortiz
Ocurrió en el verano de 1985. Papá había muerto a principios de aquel año y, quizá como compensación, nos llevaron a pasar el mes de julio a una residencia. Pasillos eternos con literas en todas las habitaciones. Piscina en la planicie que se abría ante la fachada. Personal de animación. Deporte para los mayores y juegos para los pequeños. Un salón-buffet enorme que nos reunía a todos los huéspedes en el desayuno, almuerzo y cena, y un pequeño bosque de pinos tras el inmenso bloque principal.
Llegamos una mañana de lunes, cálida y tranquila, mi hermano Sergio, mi hermana Aurelia (Leli, la llamábamos) y yo. Mamá, de luto riguroso, también nos acompañaba.
Nos asignaron una habitación, austera pero impoluta, con una litera y dos camas, y con salida a la gran terraza que comunicaba toda la planta. Desde allí, desde la gran baranda que circundaba el edificio, se veían, por un lado, las altas montañas de la sierra, todavía un poco nevadas y, hacia el otro, las llanuras del valle frondoso y las pequeñas casas blancas de Cogollos-Vega, que nos saludaban al despertar.
Mamá se levantaba temprano. Acostumbraba a caminar por los alrededores antes del desayuno. Le gustaba respirar la humedad del rocío matutino y pasear entre la neblina del amanecer, antes de que el sol de verano inundara de calor las horas centrales del día.
Casi siempre llegaba acompañada por otros huéspedes, madrugadores como ella y, charlando, abría la puerta de la habitación para acabar de despertarnos. Luego nos vestíamos, un poco a regañadientes, y bajábamos al salón-buffet.
El resto del tiempo, fuera del horario de las comidas, era un estar o hacer que cada uno se administraba como quería.
Aquella mañana, mamá decidió marchar a una salida programada: una visita a un pueblo cercano, de calles en cuesta e iglesia medieval. Sergio y Leli, por su parte, se apuntaron a clases de tenis que gustosamente habría secundado de no ser porque mis bracitos de diez años apenas podían aguantar, siquiera unos minutos, el golpeo de la raqueta.
Así fue cómo, sola y sin nada mejor en que ocuparme, me sucedió el segundo gran misterio de mi vida.
Me encontraba en la piscina. Apenas un par de huéspedes tomando el sol y un grupo de niños compartían conmigo agua, césped y hamacas. Yo estaba en la parte honda, haciendo como que nadaba, pero sin nadar realmente. Observaba a los otros niños, que jugaban a la pelota, en la parte más baja.
Había calma. Una calma extraña y envolvente, que borraba todo alrededor. Nada existía, salvo yo y el agua. Salvo el sol de julio y el aire, muy leve, que agitaba las hojas. Entonces sentí paz, la más extensa y absoluta que se puede concebir. Y sin siquiera pensarlo, me agarré con mis manos al filo y sumergí mi cabeza y mi cuerpo.
Estaba bien. Muy bien. Tan tranquila como en un sueño. Con mis ojos cerrados bajo el silencio. Nada era importante. Respirar no era importante. Mis pensamientos volaban lejos. Lejos de los otros niños. Lejos de mí. Mi cuerpo estaba detenido. En algún lugar entre el espacio y la nada. Entre el ajetreo de las voces, cada vez menos audibles, de las zambullidas y de los saltos, al otro extremo de la piscina.
Una mano me sacó del agua. Era un joven adolescente de edad similar a la de mi hermano. Me observaba preocupado. Me preguntó si estaba bien.
Yo le respondí con extrañeza. Jamás había estado tan bien en toda mi vida.
Los niños habían dejado de jugar y los adultos de tomar el sol. Todos me miraban. Entonces comprendí que había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto rato había estado sumergida?
Lo único que se me ocurrió fue echar a correr camino de la residencia.
Es curioso cómo, a veces, la claridad y las sombras pueden invertir los sentimientos.
Aquella noche tuve miedo. Miedo al recordar. En mi mente infantil, imaginaba que era así como morían los ahogados: sumergidos bajo el agua creyendo que, en realidad, aún estaban vivos.
Me veía a mí misma devorada por las aguas y rescatada, por una suerte que no supe aventurar, gracias a la mano de aquel muchacho.
Estos pensamientos me llevaron hasta la madrugada. La oscuridad dio paso a la luz y, por fin, trajo el nuevo día. Y fue al amanecer cuando empezaron a acudir muchas preguntas que habían quedado sin respuesta. Por qué, si de verdad me estaba ahogando, me sentía tan bien y, sobre todo, qué habría pasado de haber estado sola.
La claridad se había llevado el miedo, y dejaba, en su lugar, el deseo de saber.
Había silencio a mediodía. Se escuchaba, agitado por los motores, el leve rumor del agua que sólo yo importunaba. No había brisa que agitara los árboles, y apenas el trinar de algún pájaro lejano llenaba bajo el sol la soledad del lugar.
Nadé, por la orilla, hasta el final. Respiré varias veces. Me agarré de la barra, y me dejé hundir.
No hay forma de describir la sensación de aquel momento, salvo de paz absoluta. Estaba consciente. Me sabía bajo el agua. Y parecía ése un detalle de tan poca importancia que de nuevo me dejé llevar. No cabía en aquel espacio hueco alguno para las reglas de la biología. No había sentidos, ni razón, ni dolor. Sólo el dulce y eterno vaivén, y el lento y constante fluir de uno mismo, entre dos mundos paralelos.
Nadie había en la piscina. Tampoco en los alrededores.
Nadie.
Y no sabía cuánto tiempo llevaba en el agua.
¿Había muerto?
Me asusté. Me asusté tanto que yo misma decidí salir. Caminar hacia el recinto. Llegar donde hubiese más gente. Donde alguien me viera, me reconociera y me hablara.
Necesitaba saber que era yo. Que seguía estando viva. Que no era un espectro.
Había estado nadando y, al llegar al final, se había agarrado a la barra, igual que hiciera yo días atrás y, con total tranquilidad, se había sumergido.
Afirmó que podría haber estado todo el día bajo el agua, de no ser porque una mujer, al rato, lo zarandeó por temor a que le hubiera pasado algo.
El hecho de compartir aquel suceso con mi hermano hacía lo ocurrido aún más asombroso a mis ojos. Y me incitaba, esta vez en compañía, a probar de nuevo.
Pero a veces los misterios existen para no ser descubiertos.
Ni siquiera tuvimos ocasión de intentarlo.
Alguien le contó a mamá lo de la mujer y el muchacho que nos sacaron, a Sergio y a mí, en días diferentes, de la piscina.
Mamá se alarmó muchísimo, y nos prohibió volver a nadar solos. A partir de entonces nos acompañaba en cada salida, e incluso entraba en el agua con nosotros.
Luego acabó julio, y por fin regresamos a casa.
Nunca volvimos a aquel lugar.
La residencia quedó, como quedan tantas cosas, sólo en nuestra memoria. Y sobre todo aquella piscina, que se dibujaba solitaria en mitad de la planicie.
A veces la recuerdo, aún con mi mente de niña, y me sumerjo entre sus aguas cuando quiero encontrar paz. La brisa sigue revoloteando entre las hojas, y mis manos, aferrándose a la barra, parecen querer mantener esa pequeña conexión con el mundo real.
Hoy en día, desde la sierra, se puede ver todavía un punto en mitad del valle. Es la residencia de verano. La gran residencia que, por aquél entonces, acogía a sus huéspedes en los meses de estío. Aún permanece en pie, a pesar del tiempo. Conservando para siempre el misterio, en aquel lugar de Cogollos-Vega.
Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 27, 2010
La expresión literaria (I)
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Se dice que es posible hablar de un mismo tema o de referirse a una misma realidad usando diferentes modos de expresión. Así, en la historia de la literatura, el amor, la muerte, el tiempo y lo desconocido para el Hombre han sido objeto de la pericia literaria de clérigos y de juglares; de trovadores que actuaban y recitaban poemas ante las gentes, y de los poetas cultos que aprovechaban esa corriente popular para domarla bajo el yugo de las reglas de la Preceptiva.
Eugenio Gerardo Lobo, por ejemplo, escribía este poema en el siglo XVIII:
Tronco de verdes ramas despojado,
que albergue en otra edad fuiste sombrío
y estás hoy al rigor de enero frío
tanto más seco cuanto más mojado,
dichoso tú, que en ese pobre estado
aun vives más feliz que yo en el mío;
infeliz yo, que triste desconfío
poder ser, como tú, de otro envidiado.
Esa pompa que ahora está marchita,
por aquella estación florida espera
que aviva flores, troncos resucita.
Forma el año su giro, y lisonjera
la primavera a todos os visita;
sólo para mi amor no hay primavera.
Cien años después, Antonio Machado escribía este otro poema, mucho más conocido a pesar de ser posterior (o quizá por eso):
A UN OLMO SECO
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Pero cuando se expresa un mismo asunto de diferentes maneras, ¿estamos, en realidad, ante el mismo asunto?
Mañana tendremos aquí a Kafka y a Marguerite Yourcenar. Quizá nos ayuden a entender esto.
Foto: “Camaleona por la cuerda”, de Hornet 18
Fuente: Flickr

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Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 23, 2010
La insoportable levedad del escribir
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Hace unos días, una lectora de este blog me comentaba que había un tono más o menos recargado en la manera de expresarnos en él. Y aunque ella se refería a las personas que participan con sus comentarios (excluyéndome a mí, creo que por cortesía), me dejó pensativo esa afirmación. Pensativo, no molesto. Todos los pareceres de terceras personas sobre lo que uno hace afectan de un modo u otro, pero siempre agradezco que se me comuniquen. Es de más ayuda eso que callárselos.
Creo que esa impresión de recargamiento a que se refería la lectora tiene que ver con las peculiaridades propias de la lengua escrita, con su complejidad en relación con la lengua oral. Porque (y esto que viene a continuación es algo obvio que, como suele suceder con todo lo obvio, se olvida) lengua oral y lengua escrita son realidades diferentes: ni se escribe como se habla, ni se habla como se escribe, aunque muchas personas se empeñen en escribir como si hablasen, como si estuviesen manteniendo una conversación informal con alguien que estuviese presente (y dejo de lado las conversaciones escritas simultáneas de un chat). Pero no hay muchas posibilidades de que lengua oral y lengua escrita dejen de ser diferentes, precisamente por las características de cada uno de esos dos modos de usar la lengua. Intentaré explicarme, aunque sea simplificando mucho un asunto que requiere una mayor extensión.
Al escribir, como yo estoy haciendo ahora, no estamos en presencia física unos de otros. En una conversación normal mantenida oralmente (no incluyo las conversaciones telefónicas) sí se comparte la presencia, esto es, se comparte lo que se llama la misma situación de discurso. Pero cuando se escribe, eso no sucede. Las consecuencias son las siguientes:
- Como ni quien escribe ni quien lee comparten sus percepciones, quien escribe no tiene más remedio que hacer explícitas las suyas usando sólo el idioma.
- No es posible el diálogo entre el escritor y el lector en el momento en que el texto se crea; después sí (ustedes pueden hacer sus comentarios en este blog, por ejemplo), pero será una vez que el texto esté terminado y cerrado.
- El acto de escribir y el acto de leer no son simultáneos en el tiempo, como sucede en una conversación normal hablada. Así, pues, las circunstancias que rodean el acto de escribir han de quedar totalmente explícitas en la escritura. Por ejemplo, si en el desarrollo de este texto yo tuviese la necesidad de referirme al contenido y a la ubicación de un cuadro que cuelga de una de las paredes de la habitación donde estoy escribiendo, en el que se reproduce una vieja librería del París del siglo XIX, haría mal si sólo les dijese “el cuadro que estoy viendo”; tendría que especificar que se trata de “un cuadro en el que aparece una vieja librería del París del siglo XIX que está colgado de la pared que tengo enfrente de mí en el momento de escribir estas líneas”.
- Cuando escribimos, sabemos que las letras de nuestros textos no se van a borrar porque alguien las lea, sino que permanecerán y podrán tener un número indefinido de lectores. Por eso, al escribir, tenemos esa sensación de que el contexto en que lo hacemos nos es tan poco favorable y por eso debemos esforzarnos para que la mayor parte posible de la información quede en el texto y no dependa del contexto.
Como ven, el esfuerzo lingüístico de quien escribe es mayor que en una situación de discurso oral en presencia del resto de interlocutores. Esta es la razón por la que escribir y leer exigen más destreza y más competencia en los hablantes. En el punto 3, para referirse al cuadro ha sido necesario recurrir a más palabras y a una mayor complejidad gramatical, algo que no ocurriría en una conversación oral en el supuesto de que uno de ustedes estuviese aquí conmigo en el momento de hablar del cuadro. En ese caso, bastaría con un simple “este” o “este cuadro” o “esa librería” acompañado de un gesto ostensivo del dedo índice señalando el cuadro. Si hay más palabras y las relaciones gramaticales son más complejas, la sensación de estar leyendo algo recargado aumenta. Pero eso no significa que sea un mero ornamento: sencillamente, no puede ser de otra manera. Quizás uno de los fundamentos de los textos literarios de ficción sea el de jugar con este hecho, es decir, con el de administrar (ocultando y mostrando) los contextos en los que la escritura se enmarca. Los escritores han de tenerlo siempre en cuenta.
Foto: “Escribir”, de Alx
Fuente: Flickr

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Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 14, 2010
Luisa – La Butaca de Pabela
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Nueva entrega de las reseñas cinematográficas de Pabela. Tienen que saber los lectores de este blog que es ella la que hace todo el trabajo. Yo subo a YouTube el vídeo que ella edita. Hoy nos habla de una película hispano-argentina (más argentina que española) titulada Luisa y dirigida por Gonzalo Calzada. Con ella, inicia una serie de reseñas dedicadas al cine argentino con motivo del bicentenario de esa nación hermana.
Por cierto, no dejen de visitar la revista de cine La Cinerata.
Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 12, 2010
Libreros
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Bien merecido me lo tengo, para qué negarlo. Mal haría si intentase ocultarlo o, peor aún, fingir ante mí mismo que en todo lo sucedido el primer paso -y quizás decisivo- no fue culpa mía. Pero mía fue y de nadie más. Porque, sépanlo, nadie me obligó a ir a buscar un libro a El Corte Inglés. Al cabo, débil es la condición humana y no estoy hecho, precisamente, de la pasta de los héroes, qué demonios.
El caso es que ayer, al salir del trabajo, tenía que comprar un libro para que mi hijo haga un trabajo escolar. El libro en cuestión es Clara Campoamor la sufragista, obra de Víctor Vilardell Balasch, publicado en 2007 por ediciones El Rompecabezas. Como el autobús que me deja cerca de mi casa tiene también una parada unos pocos metros más adelante, justo enfrente de El Corte Inglés de Gijón, allí me fui a la desesperada. En mi descargo -créanme- está la urgencia de la hora: a punto de cerrar las librerías, renuncié a una búsqueda más sosegada y elegí lo que pensé que era el camino más directo. “Mentira parece, Jaime, que andemos así a estas alturas”, me amonesta severamente esa voz interior que tan muda estuvo ayer, cuando era sazón de hablar.
Entro atropelladamente en el recinto. Luz deslumbradora, temperatura agradable en un día de frío norteño, recreación del paraíso consumista. Personas de rostro distendido y paso relajado, excepto yo. Todo son ofertas, todo son ventajas, no comprar parece que sólo puede ser indicio de estupidez o de pertenecer a una cultura ancestral y primitiva ajena a estos códigos. Me acerco a la librería. Voy directamente a los anaqueles de la sección de literatura infantil y juvenil. Algo de desorden… hay personas que toman los libros, los hojean las más de las veces, los ojean sólo algunas y vuelven a dejar el libro, pero no en el sitio de donde lo tomaron, sino en otro. Simplemente. También parece que no hay personal de El Corte Inglés que corrija estos típicos desajustes del mercadeo. Lástima.
Resuelvo dirigirme directamente a la dependienta. Por su edad, me convenzo de que esa mujer lleva ya algunos años en ese puesto y este detalle nimio me inspira una absurda esperanza, casi certeza, de que voy a tener ese libro en mis manos antes de que pasen dos minutos.
- Dígame, ¿qué desea?
-Verá, busco un libro titulado Clara Campoamor la sufragista, de ediciones El Rompecabezas.
- Sí, un momento -me contesta al tiempo que busca en el ordenador que, por cierto, parece que no lo han renovado desde los tiempos del PC386.
La mujer que me atiende, sin alterar sus facciones -la imaginé de pronto en los casinos, reina del póker-, me dice:
-Humm, humm, no, no lo tenemos… Aquí aparece otro que se titula igual, pero que es de otra editorial.
-No, le respondo. No, me temo que tiene que ser el que le he dicho.
-Pues… en Asturias no lo hay… podríamos pedirlo, pero lo veo difícil, la verdad…
Ahora les ruego que lean en voz alta esa última frase y lo hagan con tono displicente, como si quisieran expresar su hastío y cansancio por que les hayan preguntado por un libro. Algo así como: “¿Por qué no se va de una vez, no ve que no tenemos ese libro y que no lo voy a pedir a la editorial?”.
Más herido por la contestación que preocupado por llegar a casa con las manos vacías y encontrarme con la lógica cara de desilusión de mi hijo, me fui de allí rumiando para mí esa actitud de la empleada -no voy a decir librera, porque no lo es-, ese desorden, esa soberbia de un gran centro comercial que puede permitirse el lujo de perder un cliente en la librería porque a pocos metros se ha ganado dos en la sección de cosmética, bisutería o viajes.
A la salida, tras el golpe del frío de la calle, me quedé pensando en lo importantes que son los libreros y qué pocos quedan. Libreros, no vendedores de libros, creo que entienden el matiz. Porque es verdad que, una vez que el libro sale de la imprenta, antes incluso, ya está preso en un sistema que mira, quizá no sólo, pero sí principalmente, por el beneficio. Razón lleva Neus Arqués cuando dice que para los encargados del márketing de las editoriales, un libro es, a efectos comerciales, igual que un yogur. Pero, vaya, los extremos no son buenos: ni el misticismo de los que reniegan al cien por cien del comercio, ni el pragmatismo de empresas como El Corte Inglés. El mundo del libro exige otras pautas que no deben ser orilladas.
No todo fue malo en esta pequeña quête de mi particular Santo Grial: ayer aún me dio tiempo para, de una carrera que hoy mis músculos me han reprochado todo el día, llegar a una modesta librería de barrio que dista unos trescientos metros del gran centro comercial. Pregunté a la dependienta. Me dijo que lo pediría, me solicitó un número de teléfono y se comprometió a llamarme para informarme de la respuesta del distribuidor. Hoy por la tarde recibí su llamada.
La semana que viene puedo pasar a recogerlo.
Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 9, 2010
Claves para escribir un buen guión de cine
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Frank Baiz Quevedo acaba de publicar su último libro sobre cómo escribir un guión de cine. Este profesor de escritura del guión cinematográfico nos ha dado su permiso para que todos los lectores de Escritor de Oficio puedan acceder a la descarga gratuita de Claves para la escritura de un buen guión. Quienes prefieran tenerlo en su biblioteca, pueden comprarlo en papel aquí.
Jaime Gonzalo Cordero @ Marzo 7, 2010



