Memoria de la vieja casa

Recuerdo de la casa de los abuelos

Ayer regresé a la casa de mis abuelos. Fue como entrar en una fotografía tomada cuarenta años atrás, sentirme parte de la imagen capturada por una cámara que hoy yacería obsoleta, olvidada en algún rincón. Cuarenta años, acaso alguno más, era el tiempo que había pasado como un parpadeo desde la última vez que me había visto bajo aquel techo en la lejana época en que mi cuerpo y mi conducta anunciaban la pubertad, cuando el mundo inmutable de la infancia comenzaba a difuminarse en el curso de los días, a la par que se resquebrajaba el de mis mayores. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, en el interior de la casa todo permanecía como yo lo recordaba en aquel entonces. Así pude comprobarlo tras recorrer sus estancias, sobre todo la habitación en la que descansaba cuando era niño, donde tantas veces habíamos dormido Marina, mi hermana y yo, rendidos tras un día entero de juegos en la calle. En aquella pieza me reencontré con los mismos muebles de madera de nogal, historiados con motivos vegetales, trabajados con pericia por un artesano anónimo cuya obra aún le sobrevivía; con el blanco de las paredes mancillado, como era costumbre, por el moho de la humedad en algunas zonas cercanas al zócalo; la suerte me otorgó ver de nuevo, como una reliquia, el interruptor de pera que, si bien ya no concedía luz a la bombilla, pues la casa carecía de suministro de electricidad, sirvió al menos para iluminar rincones de mi memoria en penumbra al rescatar escenas de juegos con mi hermana, cuando nos disputábamos entre risas la vez para encender y apagar la luz… Todo cuanto emergía ante mis ojos era indicio de que el tiempo se había detenido, que nada había continuado envejeciendo, tal vez porque los enseres, los muros, las baldosas, los postigos, las lámparas, por puro cansancio, lleguen a un punto en el que sean incapaces de manifestar en su apariencia más deterioro del alcanzado en un determinado momento. Aunque Hortensia la del Chatarrero la abría de vez en cuando para orearla, se respiraba la atmósfera enrarecida de las casas deshabitadas. Y hacía frío allí dentro. Así era como yo la recordaba, una casa fría incluso en época estival, pero no desangelada pues a ella pertenecían —y aún pertenecen— los recuerdos más cálidos que atesoro. De estos, guardo con mayor aprecio los relatos que poblaron mi infancia, aquellos que mi abuelo, con la boina calada, el olor a tabaco y el incipiente temblor de sus manos, solía contarnos casi clandestinamente todas las noches, en los interminables veranos asturianos de la niñez.

Me tendí en la cama, la del colchón de lana que había acogido mi cuerpo menudo tantos años atrás, y me tapé con la chaqueta desde la boca hasta el vientre. Aunque quería liberar mis pies de los zapatos, decidí no quitármelos para mantener el escaso calor que guardaba en ellos. Aunque el sueño asomaba ya presto a vencerme, mi razón se resistía a capitular aún. Para alargar la vigilia, apliqué mi atención al crucifijo tallado en madera de tilo que lo dominaba todo desde la altura, fijado a la pared a poco más de un metro por encima de los cabeceros de ambas camas. Contemplé la eterna mueca de dolor y angustia que desfiguraba el rostro enjuto de aquel Cristo; la cabeza inclinada hacia el hombro derecho, la barbilla rozando la clavícula; la corona de espinas que laceraba las sienes y la frente del moribundo; la boca entreabierta, como si apenas pudiese ya apresar la última bocanada de aire antes de expirar; los ojos, también abiertos, con esa mirada de quien ruega a alguien situado en un plano más elevado una explicación verosímil a tan absurda tortura. Ojos abiertos para recibir a la muerte. «Nacemos con los ojos cerrados y morimos con los ojos abiertos», nos dijo un día Jorge Sarrià, el profesor de Historia en el instituto, no recuerdo bien a propósito de qué, pero la sentencia arraigó en mi memoria.

©Jaime Gonzalo Cordero. Editor de Plambero Ediciones.

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